Una educación para cambiar nuestras mentes
Siempre he pensado que la única forma de cambio social real
y permanente es la educación. Siempre ha sido tema de conversación y discusión en
distintos ámbitos de socialización de los que me ha tocado ser parte. El tema
no es indiferente a nadie y parece que la solución es siempre clara y la misma:
la educación es la clave.
Eso lo tengo muy claro, desde antes de optar por estudiar
pedagogía, y aún a cinco años de la desaparición de mi padre, él también lo sabía.
Lo sabía mi madre y también lo tenía claro su padre y en los ya varios
gobiernos que he visto pasar en mis treinta y tres años, creo que ellos también
lo sabían y se han apoyado precisamente en la educación muchas veces como
caballo de batalla.
Entonces, cuando alguien me comenta (en más de una
oportunidad) alguna noticia sobre un estudiante universitario relacionado en un
hecho delictual o veo que para el común de la gente, el perfil del profesional
exitoso es tener un gran vehículo para llevar a pasear a sus hijos el día domingo
al mall, en una suerte de baño de cultura del consumo, me doy cuenta que quizás
no es un tema de acceso a la educación lo que traba nuestro avance. Creo que también
es en gran parte una cuestión de enfoque de nuestra educación.
Analizando esto, pienso que para provocar ese ansiado cambio
a una mejor sociedad, nuestro parchado sistema educacional debe primero ser
capaz de implementar de una educación integral, que más que entregar entes
educados como seres productivos, forme personas completas, participantes activas
de nuestra sociedad, y preparadas para proponer, accionar y generar progreso.
Seres preparados para el cambio, ya no bajo una visión jungla de cemento, donde
progresar significa ganar y pisotear, como perdidos en una selva de años y daños,
heredados por generaciones. Me refiero a mujeres y hombres con una visión
distinta y real de sociedad.
En este desafío de nueva educación, pienso que la enseñanza
de actividades artísticas es siempre una pieza clave, y sólo tomándola como una
pequeña parte de un cambio. Digo clave, no sólo por ampliar el espectro de
conocimientos a materias diversas, sino porque el arte en si cambia por
completo la visión de una persona, su mirada interna, la que se tiene de su
entorno y además influye en la relación con otras personas. El arte también es
un reflejo de la sociedad, siendo además de un medio de expresión múltiple y
diverso, el vehículo perfecto para acercarnos a nuestra identidad, anclándonos
en lo que realmente somos (la eterna identidad perdida del chileno).
Creo que la educación artística en Chile nunca ha tomado su
lugar, siendo siempre el pariente pobre de asignaturas de mayor valor aparente como
lenguaje y matemáticas. Siempre un relleno, siempre una especie de pincelada
para exculpar al sistema de posibles cuestionamientos sobre una educación poco
transversal.
Con esto, no deseo tampoco un sistema educativo donde todos
los alumnos pasen cada jornada de guitarra en mano, sólo hablo, entre otras
materias, de una educación artística real y trascendente. Hablo de verdadera educación
integral, de formar mejores personas, mejores ciudadanos, más humanos, más
inteligentes y despiertos, más tolerantes y en definitiva más felices.
